Los Muertos de Ulises Ruiz
El siguiente texto es una colaboración que hice a la revista eme-equis y es, hasta el momento, el trabajo periodístico más significativo de mi carrera, al menos así me parece. Me requirió tiempo y corazón para encontrar las palabras exactas que describieran lo que las viudas del conflicto oaxaqueño viven y sienten. Espero haberlo logrado.
José Jiménez Colmenares
Si se trata de describir a José Jiménez Colmenares, tres estampas lo hacen a la perfección:
Cuando acordó con su esposa, Florina Jiménez, que su lavadora estaría en su taller mecánico, a un lado de su casa, para que pudieran acompañarse mientras él trabajaba.
Cuando en las mañanas, después de que su mujer ya se había ido a la escuela en la que da clases, despertaba a besos a Atenea, que con sus cuatro años de edad recuerda a su papá haciéndole “casita” con las sábanas para que el frío no la tocara mientras le ponía su uniforme. Después le daba de desayunar, la envolvía en su edredón para subirla al carro y la llevaba a la guardería.
Cuando recibió en su casa la llamada telefónica de Florina diciéndole que junto con otro grupo de mujeres habían tomado canal 9. Sus dos hijos mayores Gerson y Ashanty fueron testigos de lo orgulloso que estaba su papá por la valentía de su esposa. Tomó a sus hijos y compró tortas para las heroínas del día.
Ese era José Jiménez Colmenares, un hombre de familia, que le gustaba dedicar varias horas a platicar con su mujer e hijos y que siempre buscaba el momento para hacerlos reír y animarlos a vivir.
“Él era mi brazo derecho, me acompañaba a los plantones, me daba fuerza y ánimo. Por mucho tiempo intentó quitarme el miedo a las alturas y se reía mucho cuando contaba que el desalojo del 14 de junio logró lo que él no puedo, porque después del gas lacrimógeno, muchas cosas dejaron de darme miedo”, narra Florina.
Mientras dibuja con palabras al hombre con quien estuvo casada por 12 años, la sonrisa regresa. Cuando piensa en la ausencia de José, las lágrimas se asoman. Así son los días de Florina desde que su esposo murió. Unos días se siente fuerte, otros que carga sola el mundo y que no podrá…
Ashanty, la hija mayor del matrimonio, no quiere volver al mar. “No quiere volver porque ella no sabe nadar bien y José era el que la animaba y la cuidaba en el agua y ahora mi hija me pregunta ¿quién la va a sostener?”
“El día en que murió José –el 11 de agosto- todo fue extraño. Salí temprano de la escuela y en el camión venía pensando que tenía muchos días que no le hacía de comer en forma a mi esposo. Cuando llegué José estaba dormido, durmió mucho rato”
“José se levantó y salió al taller. Siempre me avisaba donde iba y esa vez no. Cuando llegó me enojé y le reclamé. Se tardó mucho en vestirse y en comer, no sé, tal vez no quería ir a la marcha”
Un día ante José le pidió a su mujer que disminuyeran su participación en el movimiento, pues temía que les pasara algo y sus hijos se quedaran solos. “Yo le dije que era importante participar en la marcha para demostrar que somos muchos y él me dio la razón”.
La pareja llegó a la marcha pacifica que la Asamblea Popular organizó para exigir la liberación de los presos políticos.
“En la marcha José venía bromeando con uno de mis compañeros y conmigo, así lo vi por última vez.”. Minutos después, desde el segundo piso de una bodega dispararon en contra de los manifestantes.
Los nueve impactos de bala que reportó el forense, no solo se llevaron la vida de José; mataron la sonrisa de Florina, Atenea, Gerson y Ashanty que hoy sufren pensando en la cercanía de las fiestas decembrinas, esas que disfrutaban al lado del pilar de su familia.
Lorenzo San Pablo Cervantes
“El que lo hizo no va a ser castigado, ni el que lo ordenó, los asesinos no serán encarcelados ni torturados, pero no escaparán de su conciencia ni de Dios”. El coraje de Tereso está intacto después del 22 de agosto, cuando mataron a su hermano, Lorenzo San Pablo Cervantes.
Originario de Teposcolula, este hombre dejó Oaxaca para estudiar en el Instituto Politécnico Nacional. Cuando concluyó sus estudios regresó a la entidad. Consiguió trabajo en la Secretaría de Obras Públicas del Gobierno del Estado.
“No era maestro, Lorenzo trabajaba en el gobierno para mantener a su familia, su esposa y sus tres hijos, pero no estaba de acuerdo con las injusticias que se viven en el estado, por eso apoyaba a los maestros y a la APPO”.
Tereso lucha contra las lágrimas, contiene lo más que puede, pero lo vencen cuando narra la noche en que su hermano murió: “Estaba en su casa escuchando La Ley, los locutores pidieron auxilio para reforzar los plantones, fue en que los policías andaban disparando”
El Gobierno del Estado denominó como “operativo limpieza” la movilización policíaca de esa noche, que tenía como objetivo recuperar vehículos gubernamentales en poder de los manifestantes.
Al llegar a la barricada que resguardaba la estación radiofónica La Ley, los policías dispararon. Lorenzo corría cuando un impacto lo alcanzó por la espalda, lo que más le duele e indigna a su hermano, conciente de que el culpable no pagará por el crimen.
Daniel Nieto Ovando
La jornada de trabajo de Daniel Nieto Ovando era dura, pero necesaria para atender a su esposa, Jazmín Aguirre, y sus tres hijos de cinco, dos y un año de edad. Daniel fue un jefe de familia muy joven. Tenía 24 años.
Trabajaba en la cremería La Merced, desde muy temprano despachaba leche, queso y crema a los clientes del local. Jazmín lo esperaba en casa para prepararle la cena. A veces encontraba a sus hijos despiertos y jugaba con ellos, a veces los veía ya dormidos.
El suegro de Daniel, Manuel Aguirre, sufre con el dolor de su hija y sus nietos. Aprieta el puño cuando recuerda la noche del 1 de octubre:
“Daniel venía en la motocicleta, era la madrugada. Iba para la casa con mi hija. No se fijó que había un alambre de púas atravesado en la calle y eso fue lo que lo mató”. Daniel murió degollado al instante.
El alambre fue colocado a metro y media de altura en la calle Volcanes, como parte de las medidas de seguridad que adoptaron las barricadas de la zona para prevenir embates de los grupos de choque del gobierno del estado.
El dolor y el enojo de la familia se descarga contra los manifestantes: “No es posible que crucen un cable y no pongan ni un letrero. Ahora ¿qué va a hacer mi hija?, ¿quién va a atender a mis nietos? ¡Son chiquitos, necesitan un papá!
José Manuel Castro Patiño
José Manuel Castro Patiño, tenía 25 años. Los últimos tres los dedicó a la docencia, en una escuela primaria del municipio de Ixltán, en la Sierra Juárez.
Aunque tenía poco tiempo de haberse incorporado a la Sección 22, compartía los objetivos de la marcha que organizó el magisterio y la APPO rumbo al D.F: exigir la salida del gobernador Ulises Ruiz.
La marcha partió de Oaxaca el 21 de septiembre, 11 días después José Manuel decidió alcanzar al contingente antes de que partieran de Izúcar de Matamoros a Puebla. Cuando pasaron dos horas el joven se desplomó.
Una ambulancia del servicio médico que acompañaba a los marchistas lo trasladó de inmediato al hospital de Izúcar de Matamoros pero no había nada que hacer. Un infarto le quitó la vida a este joven justo cuando perseguía un anhelo.
Arcadio Hernández Santiago
Después del 2 de Octubre, para Julia no es fácil hablar de su esposo, Arcadio Hernández Santiago. Se talla los ojos una y otra vez. Se muestra fuerte, aunque no lo esté.
Arcadio era un hombre de campo, sembraba flores y verduras; bordaba y hacia bolsas para el mandado y también era policía popular.
En la comunidad de San Antonino Castillo Velasco, donde habitaba Arcadio, existe un gobierno instalado por el pueblo y otro oficial. Él apoyaba al primero.
Los conflictos entre ambos grupos recrudecieron a raíz de las movilizaciones de la APPO, pues el gobierno reconocido por la población los apoyaba.
Este policía, junto con un grupo de compañeros, vigilaba un plantel educativo de la comunidad, para garantizar que no se abriera y respetara así la orden de la sección 22. Miembros del cabildo desconocido llegó al lugar y ser armó una gresca, alguien disparó. La bala se llevó la vida de Arcadio.
“Sólo Dios sabe porque le pasó eso, es el mejor testigo, ante él juro que Arcadio no hizo nada”, llora la viuda, en la puerta de su casa.
Hoy Julia y sus cinco hijos ponen en práctica los oficios que les enseñó Arcadio para salir adelante: “Hacemos lo que a él hacía para que estuviéramos bien”, la viuda corta abruptamente la entrevista. El dolor es mucho, la fuerza poca.
Jaime René Calvo Aragón
Sólo había tres razones por las que Jaime René Calvo Aragón dejaba de atender su trabajo en su empresa de filtros: las clases de matemáticas que tenía en secundaria; los partidos de las Chivas y jugar con sus dos nietos, Daniela Paola y Carlos René.
René era un hombre trabajador. Se levantaba a las seis de la mañana. Impartía clases en la secundaria técnica 1, trabajaba en su empresa casi todo el día, y en la tarde regresaba a ver a sus alumnos del horario vespertino.
“Yo me enojaba con él por eso, trabajaba mucho. No tenía necesidad de dar clases, pero a él le gustaba. Era muy cariñoso con sus alumnos”, recuerda Silvia Méndez mientras observa las fotografías de su esposo, esas que mira todo el día, porque no se resigna a su ausencia.
René pertenecía a la disidencia de la sección 22, al Consejo Central de Lucha. Quería que sus alumnos no se quedaran sin clases y, junto con otros profesores, se organizó para enseñarles en una casa particular, a escondidas de la APPO y la Sección 22.
Frente al sillón donde él le daba la mamila a su nieta Daniela Paola, Silvia Méndez rompe en llanto: “Lo que nos duele es la forma en la que lo mataron, porque no lo merecía, nunca se metió con nadie” Silvia calla. La imagen la atormenta.
A René lo interceptaron cuando se dirigía a una junta de la escuela. Tres sujetos se subieron a su camioneta y le ordenaron que la estacionara frente a una primaria. Ahí le amarraron las manos, lo degollaron y huyeron del lugar, dejando la puerta del carro abierta. Las ganas de vivir de René le dieron la fuerza para salir del vehículo. Avanzó unos metros y después cayó.
Algunos responsabilizaron al magisterio y la APPO, otros a los grupos de choque del gobierno del estado para que la federación enviara a la fuerza pública, pues el día en que murió el profesor, el 5 de Octubre, fue una de las jornadas en que más se rumoró sobre un operativo en la ciudad.
René tuvo tres hijos con Silvia: Judith, René y Erika. Una centena más lo adoptaron como papá. Son los alumnos que tuvo a lo largo de 26 años de dar clases.
Silvia deja de llorar y el coraje se apodera de ella: “Ahora la Procuraduría me quiere decir que fue un asesinato pasional, como si yo no conociera a mi marido”.
Alejandro García Hernández
“Para mi es como si él estuviera de viaje, no creo que no va a regresar”. Esa es la frase que describe y explica la tranquilidad que refleja Carmen Marín cuando habla de su esposo, Alejandro García Hernández, con quien compartió la vida durante 20 años.
Cada letra que este hombre rotuló en comercios de la ciudad le recuerda a la familia las cientos de fiestas en las que se divirtieron con él y los efusivos gritos que lanzaba con las porras del Cruz Azul.
Los dos, Carmen y Alejandro se conocieron en la policía, “cuando la policía era buena, no como la de ahora”, recuerda la mujer. Carmen le sonríe a la foto de su esposo. La había puesto en un pequeño altar, pero su hijo menor, de 17 años de edad, le pidió que la quitara.
“Nunca nos habíamos metido en nada, pero ahora con la APPO creemos que es justo lo que pelea. Lo poco que teníamos se los compartíamos”, explica Carmen.
La noche que murió Alejandro, el 14 de octubre, le dijo a su esposa que preparara una olla de café para los manifestantes que resguardan la barricada de la colonia Candiani.
“Mi esposo les dijo que cuando se ganara la lucha íbamos a cerrar la calle otra vez pero para hacer una fiesta”.Después de la conversación el matrimonio decidió regresar a su casa, que se localiza a medía calle de la barricada.
Mientras caminaban una ambulancia se aproximó. Alejandro regresó para ayudar a los manifestantes a quitar la barricada para dejarla pasar.
Carmen se quedó recargada en la pared. Escuchó los disparos y un grito. Vio huir una camioneta con cuatro sujetos abordo. “Corrí hacia la barricada y vi a mi hijo menor sosteniendo a su padre, lleno de sangre. Comencé a gritar que lo atendieran”.
“La ambulancia se regresó. Me dijeron que ellos lo llevaban al hospital. Que iban a trasladar a una loca al manicomio. Cuando pasó todo, pensé que era raro que a esa hora hicieran ese traslado”.
“Cuando estábamos por llegar al hospital, los de la ambulancia me dijeron que no podían llevarnos porque había una barricada. Me bajé y pedí ayuda”.
“En el hospital me dijeron que no podían atender a mi esposo, que no había doctor. Cuando llegó la actriz, Ana Colchero, rápido apareció uno y lo atendieron”.
“Detuvieron a un militar que supuestamente fue el responsable. Las personas que yo vi no tenían el corte de los del ejército. Le dieron creo que 40 años de cárcel, pero aunque fuera el responsable y le dieran 100 años nadie me va a devolver a mi esposo”.
Pánfilo Hernández Vásquez
El profesor de educación indígena Pánfilo Hernández extrañaba a su hijo Ever, su primogénito. En el 2005, con 18 años de edad, el joven decidió migrar a Estados Unidos para buscar las oportunidades económicas que desde hace muchos años no existen en Oaxaca.
Ever no pudo viajar a México para darle el último adiós a su padre. Lo tuvieron que hacer su hermana y su madre. No lo hicieron solas, cientos de personas las acompañaron para dar muestras de cariño al maestro de 48 años de edad.
La noche del 18 de octubre Pánfilo asistió a una junta vecinal, convocada por la APPO, en la colonia Bosques. Cuando el profesor salía, varios sujetos que viajaban en un Jetta azul sin placas le dispararon tres veces en el abdomen.
Pánfilo y su esposa, Angelina, compartían la profesión. Impartían clases en la escuela primaria Guillermo González Guardado, en el sector de Zimatlán de los Valles Centrales de la entidad. También tenían una pequeña miscelánea que abrían en la tarde.
"Si mi esposo hubiera estado enfermo y hubiera muerto por eso, no tendría por qué llorar tanto, pero me lo mataron, ¿por qué me lo mataron?", inquiere, Angelina, rasgándose la voz y no encuentra respuesta.
Alejandro López López
Con sus 34 años de edad, el zapoteco Alejandro López López tenía experiencia para librar emboscadas.
Su activa participación en la Organización de Pueblos Indígenas Zapotecos era incómoda a los caciques de San Agustín Loxicha. Le responsabilizaban de cuanta muerte y crimen ocurría en Yonupamar, su comunidad de origen.
Durante más de 10 años él, sus tres hermanos y su padre han sido acosados por grupos paramilitares.
Alejandro soñaba que un día Yanupamar tendría luz eléctrica y que habría un mejor trato para sus habitantes. Por eso, poco antes de su muerte, trabajaba para crear la Asamblea Popular de Loxicha, que formaría parte de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca. Confiaba en que al cobijo de la APPO podría cambiar las cosas en su pueblo
Sí, Alejandro tenía experiencia en librar emboscadas, pero la angustia de tener un hijo enfermo no le permitió librar la que le tendieron el 19 de octubre.
Silvano, uno de sus cinco hijos, enfermó de anginas. Un padecimiento que en la ciudad se quita con una semana de reposo y medicina, en Loxicha es una enfermedad grave. Silvano, de 13 años de edad, sigue en cama después de varias semanas, ya no puede hablar. En silencio lloró a su padre. No puedo gritar para exigir justicia.
El día en que Alejandro murió salió a la tienda a comprar una medicina para su hijo. Ahí se encontró con tres personas, uno de ellos un familiar lejano. A pesar de la prisa que llevaba le invitaron un trago, le insistieron hasta que aceptó. Las personas con las que tomó lo invitaron a salir y fue la última vez que se le vio con vida.
La mañana siguiente cuando su hermana Judith y su esposa Cipriana se dieron cuenta que no llegó a dormir mandaron a la hija mayor del matrimonio, a Martina, de 16 años de edad, a preguntar. La niña comenzó a llorar cuando su madrina le dijo que había escuchado balazos durante la noche.
La historia la narra Alfredo López. Traduce del zapoteco al español lo que cuenta su hermana Judith. Ellos, junto con Martina y la esposa de Alfredo permanecen en el albergue Loxicha de la ciudad de Oaxaca. Esperan reunirse con la APPO para pedir ayuda, pues las autoridades no han investigado los hechos, por el contrario, se dedican a hostigar a Judith para que señale a un culpable.
“Lo encontraron tirado y ensangrentado. No sabemos si lo jalaron o él se arrastró para pedir ayuda, pero tenía la cara lastimada, se raspó con el piso. Cuando ellas lo encontraron, los judiciales ya sabían que estaba ahí y no fueron a levantar su cuerpo”
Así encontró Judith a su hermano mayor, el que la cuidaba, con el que compartió la niñez, al que diario veía sembrar sus tierras.
“Nosotros no vamos a decir un culpable porque no sabemos quien fue, cuado los caciques tienen muertos le echan la culpa al que quieren, sea o no sea. Nosotros no vamos a hacer eso, queremos que investiguen”.
La fuerza de Alfredo se quiebra cuando ve a su sobrina. Martina mira al piso, no levanta la cara. Impide que las lágrimas corran por su rostro. No habla español, pero entiende lo que su tía narra en zapoteco. “Ella me pregunta cómo le van a regresar a su papá si ya lo mataron y yo no se que decirle”.
Los cinco que reclamó la APPO y murieron en accidente
16:45 horas. Esa fue la hora en la que se detuvo el reloj de Rubén Vicente Solís Pérez. Así lo constató su madre, la señora Rosa Pérez Herrera, cuando le entregaron las pertenencias de su hijo mayor, que perdió la vida a los 28 años de edad.
Rubén tenía poco menos de tres meses de haber encontrado trabajo como profesor en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Teposcolula, luego de que el licenciado en Administración de Empresas, obtuvo el grado de maestría.
El joven permanecía toda la semana en aquella población y el viernes viajaba dos horas y media a la ciudad para visitar a su madre.
“Mi hermana todavía lo vio un día antes y el viernes tenía que llegar entre cinco y seis de la tarde pero no llegó”, comenta la tía de Rubén, María Teresa Pérez Herrera.
El 21 de octubre abordó un vehículo, junto con cuatro personas más, con rumbo a la capital.
El conductor del coche era Atenodoro Santiago Julián, del lado de copiloto viajaba Jaime Castro Leyva. En la parte trasera Silvestre Cruz Bautista, Leticia Castellanos Ramírez y Rubén. Todos profesores del mismo plantel.
La única mujer del vehículo era la novia de Rubén, misma con la que tenía planeado casarse próximamente…
Un accidente automovilístico cortó los planes de la pareja y del resto de los pasajeros. El vehículo se salió de control en una curva y cayó por una barranca.
Cuando la familia estaba en el lugar, llegó un grupo de 20 personas de la APPO a exigir al agente del Ministerio Público que se investigara el accidente porque eran maestros de la sección 22 y se les había perpetrado un atentado.
“Ni mi sobrino, ni los muchachos pertenecían a la sección 22 ni a la APPO. Tenían muy poco tiempo de haberse incorporado a la escuela y además ese plantel estaba en reestructuración, ningún profesor estaba afiliado al sindicato. No nos parece justo que quieran tomar la muerte de Rubén como una bandera para sus fines, mi sobrino no lo hubiera aprobado, él tenía sus ideas y no estaba de acuerdo con ellos”.
Bradley Roland Hill
Bradley Roland Will siempre estaba al frente en las confrontaciones, preparado para dejar en su video cámara el testimonio fiel.
Con 36 años de edad, este norteamericano, nacido en Illinois, tuvo la encomienda de contar a sus lectores lo que ocurría en Oaxaca para la página web Indymedia.org.
Este hombre ingresó a México el 1 de octubre y murió 27 días después. Vestidos de civil, policías de Santa Lucía del Camino, dispararon en contra de los miembros de la APPO que resguardaban una barricada.
Esta vez dos balas separaron al periodista de su cámara. Se impactaron la aorta del estadounidense, provocándole la muerte instantánea. Aún así los manifestantes lo transportaron en un volkswagen al hospital para intentar salvarle la vida.
Tras la muerte de este hombre el embajador de Estados Unidos en México, Antonio Garza, envió un enérgico comunicado al gobierno de Vicente Fox: “La muerte sin sentido del señor Will destaca la necesidad de que se retorne al imperio de la ley y el orden en Oaxaca”.
Entonces ocurrió lo que los muertos nacionales no habían logrado. Al día siguiente el gobierno federal tomó una decisión sobre el caso Oaxaca: envió a la Policía Federal Preventiva “para restablecer el orden y la paz”
En uno de los últimos envíos que hizo a Indymedia, el camarógrafo narró la noche en que vio el cuerpo inerte de Alejandro García García, sin imaginar que 14 días después el también moriría:
“Y ahora Alejandro espera en el zócalo, como los demás en su plantones. Espera noviembre, el día de los muertos, cuando sus seres queridos compartirán con él el alimento y una canción. Esta noche él espera que el gobernador no vuelva nunca. Una muerte más, un mártir más en esta guerra sucia. Un tiempo más de llanto y heridas”
Los oaxaqueños muertos el 27 de Octubre
“No vayan a manchar el nombre de Esteban diciendo que era de la APPO”. Así responde Elvia cuando le preguntan sobre la muerte de su hermano Esteban Zurita López.
Elvia, sus padres, su esposa e hijos observaban el cuerpo inerte de Esteban. Lo velaron en la casa de la familia, en Santa María Coyotepec. Utilizaron lo que había en la carnicería de Esteban para darle de comer a la gente que los acompañó.
En este municipio se suscitó una de las balaceras simultáneas que se registraron el 27 de octubre. De acuerdo con su familia, el hombre pasaba por el lugar, se dirigía a su casa, cuando una bala lo alcanzó y le quitó la vida.
El profesor Emilio Alonso Fabián murió ese mismo día, en la balacera que se registró en San Bartolo Coyotepec, en el bloqueo de la Casa Oficial.
El caos que se vivió esa noche dificultó a su viuda, Magdalena Hernández, solventar los trámites para que le entregaran el cuerpo. Cuando finalmente lo logró tuvo que velarlo prácticamente sola, pues su familia no vive en la ciudad.
Aunque la mañana siguiente se programó un homenaje al maestro, en el zócalo, los dirigentes de la APPO acudieron por breves minutos, pues planeaban como responder las agresiones.
El mismo día el gobierno del estado, a través de un boletín, responsabilizó a las barricadas de obstaculizar el traslado de la señora Eudocia Olivera Díaz que habría muerto a bordo de una ambulancia.
En el boletín no se informa a que institución pertenecía la ambulancia, la causa de la muerte ni a qué hospital era trasladada. Tampoco se dio información sobre el lugar en que sería velada ni enterrada.
Cruz Roja informó a este medio que ninguna de sus ambulancias atendió ese servicio. También se consultó a la empresa Urgencias Médicas, la única que brinda el servicio privado de ambulancias y tampoco atendió ese traslado.
Los muertos tras la incursión de la PFP
El domingo 29 de octubre, murió el enfermero del Instituto Mexicano del Seguro Social, Jorge Alberto López Bernal, de 30 años de edad. Ocurrió en la confrontación que se registró entre la Policía Federal Preventiva y gente de la APPO, que impedían el paso de los efectivos por avenida Tecnológico.
La dirigencia de la APPO informó que el certificado de defunción 060200617, expedido por la Secretaría de Salud, y firmado por el doctor Guillermo Morales Javier, dice que la causa de la defunción fue “herida producida por disparo de proyectil de gas comprimido (gas lacrimógeno) que penetró a tórax produciendo fracturas, lesionando el corazón y pulmón izquierdo, con hemorragia abundante”. Es decir lo mató el gas lacrimógeno de la PFP.
No obstante el gobierno del estado, a través de un boletín, informó que el joven manipulaba un petardo y que este se le incrustó en el tórax, provocándole la muerte.
En el caso de Fidel Sánchez García, murió el mismo día por puñaladas y arma de fuego. La APPO denunció que fue un grupo de priístas los que le quitaron la vida al maestro, cerca del puente del Tecnológico, aprovechando la confrontación entre PFP y manifestantes.
La Procuraduría General de Justicia de Oaxaca, a través de un boletín, reconoció la muerte del sujeto, pero asegura que fue por un robo. El gobierno federal insiste en negar ambas muertes.


